
Desde esta fosa donde el sol juega a disfrazarse con retales
de brisa oscura, yo, Patroclo, hijo de Menecio y Esténele,
te exijo dejar tu cólera a un lado.
Ópalos mutilados por la admiración -fiel correa amistosa-
y aplausos exultantes a voz de espada eran para mi
toda esta guerra hasta que la corrosión hecha orgullo
lamió sinuosamente tu alma y te deslizaste en su adicción.
Egoísta engreído, semidios con lo peor de los humanos.
Por la noche, en la tienda, me cediste tus armas; relevo
de más mentiras con preludio y sabor a sangre negra.
La armadura se ceñía a mi piel como el roce de tu último
abrazo que llevé conmigo, amuleto ciego; un motivo más
para seguir luchando en aquella batalla por ti adquirida.
La vida entonces me despreció.
Se recuerda más a tus corceles llorando que al héroe
desgarrando cabelleras; mi figura respira al vapor
de hierbas aromáticas que nunca quemaste en ofrenda
mientras espero al barquero -moneda en mano-retando
al remo que acuna el mar.
Y así, desde la Muerte, tal y como nadie lo ha dicho,
permítanme compartir con ustedes el vacío de tantos siglos:
Aquiles,te odio.