...Ícaro seguía furioso porque su padre no le había preguntado sí quería alzar el vuelo, simplemente lo había dado por hecho.
Y así, ahogándose de aire puro que ardía, empezó a perder altitud en un ataque de venganza contra Dédalo, que aterrorizado entendió que el alma humana, a parte de ansiar alturas, está destinado a perderlas.
Varias plumas bailaron a cámara lenta durante unos minutos en el cielo hasta que la infancia se despidió de todos los juegos a los que Ícaro no pudo jugar por tener que soñar con unas alas.
Hay caídas que no podremos levantar.
sábado, 3 de enero de 2009
viernes, 26 de diciembre de 2008
UNANSWERED QUESTION
Acercó suave y lentamente su dedo recogiéndome el flequillo a un lado. No sé si llegó a entender que ese gesto abrió un nuevo flanco en la batalla que estaba librándose por las esquinas del entendimiento. Porque en ellas traficaban con ilusiones, compromisos, se flirteaba con la soledad como única moneda de cambio.
Pero aquella carícia entrecortada había cambiado el curso de los malolientes bajos fondos. De repente la luz se colaba entre los dedos, las pupilas se hacían pequeñas y se entrecerraban los sueños. Los miedos, redimidos, se vestían de domingo y salían de paseo.
Ese gesto. El caer del cabello a un lado. El abandono de las formas.
Se oyeron las sirenas y arriba quedaron los brazos. Brazos sin coartada que nunca me habían interesado o quizás por cierto cinismo había decidido ignorar. La ley del traficante de afectos no entendía de ese tipo de anhelos.
Y entonces me atreví a soñar en plural en la forma que muchos antes ya lo habían hecho. Sólo que esta vez, por ajeno y propio, mudó en aspecto de revelación.
-Hey, what are you thinking of? - preguntó.
Pero aquella carícia entrecortada había cambiado el curso de los malolientes bajos fondos. De repente la luz se colaba entre los dedos, las pupilas se hacían pequeñas y se entrecerraban los sueños. Los miedos, redimidos, se vestían de domingo y salían de paseo.
Ese gesto. El caer del cabello a un lado. El abandono de las formas.
Se oyeron las sirenas y arriba quedaron los brazos. Brazos sin coartada que nunca me habían interesado o quizás por cierto cinismo había decidido ignorar. La ley del traficante de afectos no entendía de ese tipo de anhelos.
Y entonces me atreví a soñar en plural en la forma que muchos antes ya lo habían hecho. Sólo que esta vez, por ajeno y propio, mudó en aspecto de revelación.
-Hey, what are you thinking of? - preguntó.
jueves, 20 de noviembre de 2008
...desde entonces como solo....
La mesa abierta
por las esquinas
las manos rotas
tenedores de carne gris
piedra
en la terraza que da al mar.
Alternan las nostalgias,
entrantes, postres
riéndose del orden
manteles en blanco y rojo
Italia a fuego lento en la cocina.
Me giré para ver nuestra mesa,
el tomate se había secado
y las salpicaduras recreaban
las lágrimas de un Cristo salvador.
Sin sazón, sin razón
me pregunto dónde nos quedamos.
Hoy me levanté sin hambre,
y desde entonces como solo.
por las esquinas
las manos rotas
tenedores de carne gris
piedra
en la terraza que da al mar.
Alternan las nostalgias,
entrantes, postres
riéndose del orden
manteles en blanco y rojo
Italia a fuego lento en la cocina.
Me giré para ver nuestra mesa,
el tomate se había secado
y las salpicaduras recreaban
las lágrimas de un Cristo salvador.
Sin sazón, sin razón
me pregunto dónde nos quedamos.
Hoy me levanté sin hambre,
y desde entonces como solo.
sábado, 25 de octubre de 2008
MI PEQUEÑO DESIERTO, MI ÚLTIMO VIAJE
Cada día, para llegar hasta el trabajo, he de cruzar un pequeño desierto que separa mi hotel de la oficina. No es un desierto metafórico, en Bahrain las metáforas se secan ante una realidad de centígrados.
El primer día mis zapatos, negros y recién limpiados, acabaron cubiertos con una pequeña capa de niebla que no llamaba nada la atención entres los transeúntes del centro comercial, pero sí entre mis compañeros aleatorios de trabajo.
Cada día, cuando llego, se divierten a mi costa por mi fijación de querer cruzar caminando la única calle que separa los dos edificios, aunque para ello deba caminar durante tres minutos por mi ya adquirido y pequeño desierto. “Deberías coger un taxi”, recomiendan. Y sería lo más común ya que nadie camina por las calles (si a calles entendemos una carretera que corta otros desiertos en dos o cuatro).
Pero no es cabezonería. No han entendido que en ese desierto, en esos tres minutos, yo consigo dejar mis huellas sobre la arena y lo mejor, sobre mi mismo.
La arena, blanca y asfixiante, milimétrica. Si se levanta un poco de viento le gusta jugar a dar vueltas y recrear un pequeño tornado para más tarde lanzarse al ataque y resecar mi piel.
Los labios, tensos. Los ojos a medio abrir.
Avanzar a veces es como no moverse del sitio, el horizonte gusta de hacer malabarismos con los efectos ópticos y muchas veces no consigo divisar el asfalto. Y se crea ese vacío donde uno ha de decidir cuál va a ser su meta.
Qué fértil es el vacío, sobretodo cuando no hay con qué compararlo.
Con una segunda capa de calor y polvo consigo dar entre tanto espacio con mi ubicación. Lanzo esos parámetros en la próxima duna, saberme perdido aviva mi sensación de aventura. De nuevo el golpe de calor y el silencio. Sobretodo el silencio, al que tan poco estamos acostumbrados.
Sólo aquí consigo oírme, saber que fue de mí. Y en la más absoluta planície desértica florecen los brotes de algo que más tarde decidiré llamar una nueva etapa.
No más espejismos, no más apuntalar la tienda bajo el vasto cielo de arena esperando que una avioneta juegue a dejar pedazos de nube como señuelo.
Detrás de un paso siempre viene otro. Y si uno consigue girar la vista, verá los pasos borrados detrás de él. Y no es que se encuentre perdido. Mi pequeño desierto es sabio. Borra las huellas para no tener tentación de deshacer esta odisea, supo por Kavafis que el conocimiento viene a través de la travesía, que lo importante es el viaje.
Aunque sea de tres minutos.
P.S. a todos los que habéis notado mi ausencia y me lo habéis hecho saber, mil disculpas!! sigo en estado de excepción, por problemas técnicos más que nada. Dejar hoy una huella aquí lo debo agradecer a un momento pirata :) En una semana espero estar de vuelta y poder leeros. Se echa de menos.
El primer día mis zapatos, negros y recién limpiados, acabaron cubiertos con una pequeña capa de niebla que no llamaba nada la atención entres los transeúntes del centro comercial, pero sí entre mis compañeros aleatorios de trabajo.
Cada día, cuando llego, se divierten a mi costa por mi fijación de querer cruzar caminando la única calle que separa los dos edificios, aunque para ello deba caminar durante tres minutos por mi ya adquirido y pequeño desierto. “Deberías coger un taxi”, recomiendan. Y sería lo más común ya que nadie camina por las calles (si a calles entendemos una carretera que corta otros desiertos en dos o cuatro).
Pero no es cabezonería. No han entendido que en ese desierto, en esos tres minutos, yo consigo dejar mis huellas sobre la arena y lo mejor, sobre mi mismo.
La arena, blanca y asfixiante, milimétrica. Si se levanta un poco de viento le gusta jugar a dar vueltas y recrear un pequeño tornado para más tarde lanzarse al ataque y resecar mi piel.
Los labios, tensos. Los ojos a medio abrir.
Avanzar a veces es como no moverse del sitio, el horizonte gusta de hacer malabarismos con los efectos ópticos y muchas veces no consigo divisar el asfalto. Y se crea ese vacío donde uno ha de decidir cuál va a ser su meta.
Qué fértil es el vacío, sobretodo cuando no hay con qué compararlo.
Con una segunda capa de calor y polvo consigo dar entre tanto espacio con mi ubicación. Lanzo esos parámetros en la próxima duna, saberme perdido aviva mi sensación de aventura. De nuevo el golpe de calor y el silencio. Sobretodo el silencio, al que tan poco estamos acostumbrados.
Sólo aquí consigo oírme, saber que fue de mí. Y en la más absoluta planície desértica florecen los brotes de algo que más tarde decidiré llamar una nueva etapa.
No más espejismos, no más apuntalar la tienda bajo el vasto cielo de arena esperando que una avioneta juegue a dejar pedazos de nube como señuelo.
Detrás de un paso siempre viene otro. Y si uno consigue girar la vista, verá los pasos borrados detrás de él. Y no es que se encuentre perdido. Mi pequeño desierto es sabio. Borra las huellas para no tener tentación de deshacer esta odisea, supo por Kavafis que el conocimiento viene a través de la travesía, que lo importante es el viaje.
Aunque sea de tres minutos.
P.S. a todos los que habéis notado mi ausencia y me lo habéis hecho saber, mil disculpas!! sigo en estado de excepción, por problemas técnicos más que nada. Dejar hoy una huella aquí lo debo agradecer a un momento pirata :) En una semana espero estar de vuelta y poder leeros. Se echa de menos.
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Esbozos de una nueva monotonía
Que uno va madurando con los años es cosa ya muy oída y (casi) siempre cierta.
Que no sé qué parámetros toma uno para ir matizando la paleta de colores de la madurez, es otro tema, no recuerdo manual alguno que lo indique.
Y que la vida iba en serio, ya lo dijo el poeta.
En la distancia uno se da cuenta que un big bang, aunque siempre espectacular, suele salpicar meteoritos así que decide hacerse "maestro demiurgo" de cosas pequeñas, cotidianeidades de formas modernistas. Ingredientes: una cesta de Carrefour llena de idas y vueltas, bases y mucho, mucho abono.
Y de repente el mundo ha engrandecido a la inversa. Y me llena de orgullo anunciarlo, aullarlo a mis cuatro puntos cardinales (el mar, el café de la Central, mis libros atrasados, las calles de Gràcia): "Chicos, en breve estoy de vuelta." (for granted)
Es volver a hacerles sitio a todos esos minúsculos detalles que ya no cabían en la maleta; ir a comprar el pan y que la panadera me diga "bon dia maco", hacerme mi propia comida (cocino de pena, qué más da), no perderme más aniversarios, volver a sentirme encontrado.
Y sí, en cierto modo es eso, ganas de volver a conocerme, guiñarme un ojo, seducirme y encontrarme cualquier día rematadamente cotidiano.
Llenar de telarañas la maleta de mis días arrebatados y sólo airearla cuando el motor de mi ala derecha quiera arañar el cielo y besarlo para calmar la herida.
El mundo ya me ha visto demasiado.
Que no sé qué parámetros toma uno para ir matizando la paleta de colores de la madurez, es otro tema, no recuerdo manual alguno que lo indique.
Y que la vida iba en serio, ya lo dijo el poeta.
En la distancia uno se da cuenta que un big bang, aunque siempre espectacular, suele salpicar meteoritos así que decide hacerse "maestro demiurgo" de cosas pequeñas, cotidianeidades de formas modernistas. Ingredientes: una cesta de Carrefour llena de idas y vueltas, bases y mucho, mucho abono.
Y de repente el mundo ha engrandecido a la inversa. Y me llena de orgullo anunciarlo, aullarlo a mis cuatro puntos cardinales (el mar, el café de la Central, mis libros atrasados, las calles de Gràcia): "Chicos, en breve estoy de vuelta." (for granted)
Es volver a hacerles sitio a todos esos minúsculos detalles que ya no cabían en la maleta; ir a comprar el pan y que la panadera me diga "bon dia maco", hacerme mi propia comida (cocino de pena, qué más da), no perderme más aniversarios, volver a sentirme encontrado.
Y sí, en cierto modo es eso, ganas de volver a conocerme, guiñarme un ojo, seducirme y encontrarme cualquier día rematadamente cotidiano.
Llenar de telarañas la maleta de mis días arrebatados y sólo airearla cuando el motor de mi ala derecha quiera arañar el cielo y besarlo para calmar la herida.
El mundo ya me ha visto demasiado.
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