jueves, 20 de noviembre de 2008

...desde entonces como solo....

La mesa abierta
por las esquinas

las manos rotas

tenedores de carne gris
piedra
en la terraza que da al mar.

Alternan las nostalgias,
entrantes, postres
riéndose del orden

manteles en blanco y rojo

Italia a fuego lento en la cocina.

Me giré para ver nuestra mesa,
el tomate se había secado
y las salpicaduras recreaban
las lágrimas de un Cristo salvador.

Sin sazón, sin razón
me pregunto dónde nos quedamos.

Hoy me levanté sin hambre,
y desde entonces como solo.

Por fin...el desierto de 3 minutos....


sábado, 25 de octubre de 2008

MI PEQUEÑO DESIERTO, MI ÚLTIMO VIAJE

Cada día, para llegar hasta el trabajo, he de cruzar un pequeño desierto que separa mi hotel de la oficina. No es un desierto metafórico, en Bahrain las metáforas se secan ante una realidad de centígrados.

El primer día mis zapatos, negros y recién limpiados, acabaron cubiertos con una pequeña capa de niebla que no llamaba nada la atención entres los transeúntes del centro comercial, pero sí entre mis compañeros aleatorios de trabajo.

Cada día, cuando llego, se divierten a mi costa por mi fijación de querer cruzar caminando la única calle que separa los dos edificios, aunque para ello deba caminar durante tres minutos por mi ya adquirido y pequeño desierto. “Deberías coger un taxi”, recomiendan. Y sería lo más común ya que nadie camina por las calles (si a calles entendemos una carretera que corta otros desiertos en dos o cuatro).

Pero no es cabezonería. No han entendido que en ese desierto, en esos tres minutos, yo consigo dejar mis huellas sobre la arena y lo mejor, sobre mi mismo.

La arena, blanca y asfixiante, milimétrica. Si se levanta un poco de viento le gusta jugar a dar vueltas y recrear un pequeño tornado para más tarde lanzarse al ataque y resecar mi piel.

Los labios, tensos. Los ojos a medio abrir.

Avanzar a veces es como no moverse del sitio, el horizonte gusta de hacer malabarismos con los efectos ópticos y muchas veces no consigo divisar el asfalto. Y se crea ese vacío donde uno ha de decidir cuál va a ser su meta.

Qué fértil es el vacío, sobretodo cuando no hay con qué compararlo.

Con una segunda capa de calor y polvo consigo dar entre tanto espacio con mi ubicación. Lanzo esos parámetros en la próxima duna, saberme perdido aviva mi sensación de aventura. De nuevo el golpe de calor y el silencio. Sobretodo el silencio, al que tan poco estamos acostumbrados.

Sólo aquí consigo oírme, saber que fue de mí. Y en la más absoluta planície desértica florecen los brotes de algo que más tarde decidiré llamar una nueva etapa.

No más espejismos, no más apuntalar la tienda bajo el vasto cielo de arena esperando que una avioneta juegue a dejar pedazos de nube como señuelo.

Detrás de un paso siempre viene otro. Y si uno consigue girar la vista, verá los pasos borrados detrás de él. Y no es que se encuentre perdido. Mi pequeño desierto es sabio. Borra las huellas para no tener tentación de deshacer esta odisea, supo por Kavafis que el conocimiento viene a través de la travesía, que lo importante es el viaje.

Aunque sea de tres minutos.


P.S. a todos los que habéis notado mi ausencia y me lo habéis hecho saber, mil disculpas!! sigo en estado de excepción, por problemas técnicos más que nada. Dejar hoy una huella aquí lo debo agradecer a un momento pirata :) En una semana espero estar de vuelta y poder leeros. Se echa de menos.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Esbozos de una nueva monotonía

Que uno va madurando con los años es cosa ya muy oída y (casi) siempre cierta.

Que no sé qué parámetros toma uno para ir matizando la paleta de colores de la madurez, es otro tema, no recuerdo manual alguno que lo indique.

Y que la vida iba en serio, ya lo dijo el poeta.

En la distancia uno se da cuenta que un big bang, aunque siempre espectacular, suele salpicar meteoritos así que decide hacerse "maestro demiurgo" de cosas pequeñas, cotidianeidades de formas modernistas. Ingredientes: una cesta de Carrefour llena de idas y vueltas, bases y mucho, mucho abono.

Y de repente el mundo ha engrandecido a la inversa. Y me llena de orgullo anunciarlo, aullarlo a mis cuatro puntos cardinales (el mar, el café de la Central, mis libros atrasados, las calles de Gràcia): "Chicos, en breve estoy de vuelta." (for granted)

Es volver a hacerles sitio a todos esos minúsculos detalles que ya no cabían en la maleta; ir a comprar el pan y que la panadera me diga "bon dia maco", hacerme mi propia comida (cocino de pena, qué más da), no perderme más aniversarios, volver a sentirme encontrado.

Y sí, en cierto modo es eso, ganas de volver a conocerme, guiñarme un ojo, seducirme y encontrarme cualquier día rematadamente cotidiano.

Llenar de telarañas la maleta de mis días arrebatados y sólo airearla cuando el motor de mi ala derecha quiera arañar el cielo y besarlo para calmar la herida.

El mundo ya me ha visto demasiado.

viernes, 29 de agosto de 2008

NOCHES EN SANTA MONICA

Se retuerce el verano en los últimos coletazos que un mar podría dar en mitad del desierto.
Las bermudas de cuadros yacen descoloridas y jadeantes en el tendedero. Las sandalias ya no ríen entre dedos de pie, están exhaustas de tanto cemento y arena fina. Y las toallas lloran rodales de agua salada.

¿Dónde fueron las voces? ¿Acaso alguien creyó que las promesas se mantenían frías en la pequeña nevera de un vendedor ambulante?
Los silencios, como las boyas, son pequeños balones de colores que se alejan con la corriente. Y uno se da cuenta de cuánto dependemos de vientos y fases lunares.

Con mis pies cubiertos de arena pegada comienzo el regreso a la ciudad sin dar nunca por sentado que en las madejas de palabras hay un resquicio de entendimiento para la luz.

No en vano el invierno tiene menos horas de sol. Y eso nunca nos deja indiferentes.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Cosas que no te diría...

…suelo mirar al techo durante unos minutos cuando me despierto con la esperanza de dar con una brecha por la que colarme a un mundo blanco despedazado y sin tiempo. Ver el más allá y darme la vuelta con orgullo de mortal. Y de paso, decidir si he de darle una nueva mano de pintura a mi piso.

…recojo los suspiros que la gente deja escapar en las paradas de los autobuses, sobretodo los de la gente mayor. Los colecciono en cajas de galletas María intentando separar las lágrimas que me provocan de los sueños que ya han pasado de largo sin que pudiéramos alzar la mano para darles una señal y que pararan.
Bonos caducos y abono en cemento.

…cuento las baldosas multiplicando el largo por el ancho, 3x4…doce baldosas de mosaico horroroso, juego con los ojos a la charranca y procuro nunca pisar el perfil de yeso que nos tinta las ideas como fosos de lava blanca. Fantasmas empolvándose para una última escena de un drama a tres tiempos.

…cierro los ojos en las películas de miedo; los metales se aferran a la carne y no siento el frío en la pupila acudir afónico a su encuentro. Andenes de pasos sin niveles, tabla rasa y mis cinco sentidos corriendo a lo largo de la vía. La vista nunca atrás. Aunque Eurídice me acarície el cogote sinuosamente.

…nunca lanzo mi voz jabonosa en la ducha por el riesgo que la espuma canalice las tuberías en un juego de trenzas que van a dar a Rapunzel. Almenas y esponjas, encierros pactados como desnudo se halla mi cuerpo cuando ato la toalla a su alrededor.
Ni tacto ni seda. Las pieles en todo su esplendor.

…no digo ni por asomo todas las imágenes tránsfugas que se agolpan en caravana por mi mente a cualquier hora, tomando el café, fregando los platos, tensando los hilos. Son cosas que nunca te diría por no hacerte ni decirte sensato. Que las horas se llenas de hamacas y no encuentro espacio donde aparcar mi escenario. Por miedo escénico o egoísmo recalcitrante, qué mas da.

Quizás yo mismo sea todo lo que he callado.